BIOGRAFIA
Pintor,
escultor, grabador y ceramista español. Estudió comercio
y trabajó durante dos años como dependiente en una droguería,
hasta que una enfermedad le obligó a retirarse durante un largo
periodo en una casa familiar en el pequeño pueblo de Mont-roig
del Camp. De regreso a Barcelona, ingresó en la Academia de Arte
dirigida por Francisco Galí, en la que conoció las últimas
tendencias artísticas europeas. Hasta 1919, su pintura estuvo
dominada por un expresionismo formal con influencias fauvistas y cubistas,
centrada en los paisajes, retratos y desnudos. Ese mismo año
viajó a París y conoció a Picasso, Jacob y algunos
miembros de la corriente dadaísta, como Tristan Tzara. Alternó
nuevas estancias en la capital francesa con veranos en Mont-roig y su
pintura empezó a evolucionar hacia una mayor definición
de la forma, ahora cincelada por una fuerte luz que elimina los contrastes.
En lo temático destacan los primeros atisbos de un lenguaje entre
onírico y fantasmagórico, muy personal aunque de raíces
populares, que marcaría toda su trayectoria posterior. Afín
a los principios del surrealismo, firmó el Manifiesto (1924)
e incorporó a su obra inquietudes propias de dicho movimiento,
como el jeroglífico y el signo caligráfico (El carnaval
del arlequín). La otra gran influencia de la época vendría
de la mano de P. Klee, del que recogería el gusto por la configuración
lineal y la recreación de atmósferas etéreas y
matizados campos cromáticos. En 1928, el Museo de Arte Moderno
de Nueva York adquirió dos de sus telas, lo que supuso un primer
reconocimiento internacional de su obra; un año después,
contrajo matrimonio con Pilar Juncosa. Durante estos años el
artista se cuestionó el sentido de la pintura, conflicto que
se refleja claramente en su obra. Por un lado, inició la serie
de Interiores holandeses, abigarradas recreaciones de pinturas del siglo
XVII caracterizadas por un retorno parcial a la figuración y
una marcada tendencia hacia el preciosismo, que se mantendría
en sus coloristas, juguetones y poéticos maniquíes para
el Romeo y Julieta de los Ballets Rusos de Diaghilev (1929). Su pintura
posterior, en cambio, huye hacia una mayor aridez, esquematismo y abstracción
conceptual. Por otro lado, en sus obras escultóricas optó
por el uso de material reciclado y de desecho. La guerra civil española
no hizo sino acentuar esta dicotomía entre desgarro violento
(Cabeza de mujer) y evasión ensoñadora (Constelaciones),
que poco a poco se fue resolviendo en favor de una renovada serenidad,
animada por un retorno a la ingenuidad de la simbología mironiana
tradicional (el pájaro, las estrellas, la figura femenina) que
parece reflejar a su vez el retorno a una visión ingenua, feliz
e impetuosa del mundo. No resultaron ajenos a esta especie de renovación
espiritual sus ocasionales retiros a la isla de Mallorca, donde en 1956
construyó un estudio, en la localidad de Son Abrines. Entretanto,
Miró amplió el horizonte de su obra con los grabados de
la serie Barcelona (1944) y, un año después, con sus primeros
trabajos en cerámica, realizados en colaboración con Llorens
Artigas. En las décadas de 1950 y 1960 realizó varios
murales de gran tamaño para localizaciones tan diversas como
la sede de la Unesco en París, la Universidad de Harvard o el
aeropuerto de Barcelona; a partir de ese momento y hasta el final de
su carrera alternaría la obra pública de gran tamaño
(Dona i ocell, escultura), con el intimismo de sus bronces, collages
y tapices.
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